miércoles, 14 de marzo de 2012



Hola

Ha pasado ya un tiempo desde que inauguramos este blog, y ahora podemos presentar nuestro primer trabajo enviado a concurso. Es un cuento ilustrado.

Lo presentamos al V premio internacional de Álbum Ilustrado de Santiago de Compostela,




¿QUÉ PASA CON LOS CALCETINES?


Es bien sabido que en todas las casas desaparecen o se extravían los calcetines. No hay casa en el mundo donde no falten ni se pierdan los calcetines, pero he aquí la curiosidad, nunca desparecen el par, ¡no, no! siempre encontramos solo uno, pero del otro no se sabe nada.
-¿Dónde están esos calcetines? Miles de madres, padres y niños han puesto patas arriba sus casas, habitaciones, armarios, cajones, cestos de la ropa sucia e incluso han buscado dentro de las lavadoras -Explicaba la anciana a los atentos niños.






-Mi mama dice que se los queda la lavadora -Dijo uno de los niños -Los otros le dieron la razón.
-Si, si, las malvadas lavadoras -Dijo otro.
-Si, se comen a los pobres calcetines  -Dijo una niña.
-Además le arranca los lacitos a mis braguitas -Comentó otra.
-Pobres lavadoras a las que se les acusa falsamente de ser unas devoradoras de calcetines -Les explicó la anciana -Pero no, las pobres lavadoras no son las únicas culpables, si bien es verdad que de tanto en cuando, tiene la fea costumbre de esconder los calcetines, ¿quien las puede culpar por querer jugar un poco? -Los niños se rieron.

-No, la verdadera historia de los calcetines desaparecidos es más misteriosa y fantástica –empezó a explicar la anciana -Hace ya muchos años cuando yo era una niña, una niña de vuestra edad de pelos puntiagudos, empecé a notar las pequeñas desapariciones ¿se perderían? -Continúo la anciana.
-Un día, creo recordar, era domingo. Estaba yo buscándome la ropa para irnos a una fiesta, una de esas típicas fiestas del pueblo donde la gente se viste de domingo. Hurgando en mi armario saqué un bonito vestido de terciopelo azul, unas braguitas de esas tan recargadas que tanto picaban, pero que mi madre decían que eran nuevas, y busqué mis calcetines del domingo, si, los tan bonitos de hilo blanco que tenían esos bonitos dibujos de rosas –Contaba la anciana con una sonrisa  –Pero me encontré con que sólo había uno de ellos. Mi madre me los había comprado el mes pasado en el mercadillo.
-Busqué, busqué, pero no aparecía. Saqué y vacié los cajones, miré bajo la cama y removí toda la habitación, pero nada, el dichoso calcetín no se dignaba aparecer. Mi madre, grato recuerdo de aquellos días, me vino a buscar extrañada por el retraso. Le expuse el caso de la desaparición de mi calcetín.
-¡Ay!, mira que eres desordenada  -fue toda respuesta que recibí a mi explicación de la extraña desaparición. Y con una mirada de desaprobación  me tendió unos calcetines lisos de lana blancos -Dijo la anciana con cierta cara de disgusto -Era verano y la lana daba calor.
-¡Oh!, de esos que pican, mi mama siempre me los quiere poner  -Dijo una de las niña.
-Si, de esos -Dijo la anciana, encogiéndose, con cara de fastidio.
-Como era de esperar, el dichoso calcetín no apareció. Normalmente, los calcetines que desaparecían, eran siempre los más bonitos; los que tenían borlas, los de bonitos dibujos de hilo, los de esa lana brillante y esponjosa. Siempre esos especiales que guardas con tanto mimo. Los que más molestaba a mi madre es que desaparecieran, ya que los compraba especialmente para los conjuntos de domingo y usualmente no duraban más de dos semanas  -dijo la anciana que tejía con mimo el calcetín.
-Yo, ya en ese entonces, me preguntaba a dónde iban a parar mis calcetines. Si bien yo me los ponía al mismo tiempo, me los quitaba juntos y estaba segura que los enviaba a lavar juntos ¿por qué sólo me desaparecía uno y no los dos? La verdad, dudaba que mi madre los perdiera. ¿Entonces que pasaba con ellos? -Preguntó a los niños.
-Yo vi una película donde los calcetines huían y se iban al país de los calcetines. Allí es donde ellos se escapan, pero solo lo puede hacer uno -Dijo uno de los niños.
-Sí, yo también recuerdo haberla visto, pobres calcetines hacían unos viajes larguísimos  -Dijo una niña de mofletes colorados.
-¡Oh!, y si, la verdad niños, los calcetines hacen un largo viaje, pero no lo hacen solos, no…pero a eso ya llegaremos, ¿por dónde iba? -Dijo la anciana, que de pronto era olvidadiza.
-¡Ah, si! un día, no tendría yo más de ocho años, diez quizás, nos mudábamos, ¡sí!, el gran cambio. Al mudarnos hubo muchos cambios: de pueblo, de aires, amigos y cosas nuevas para la habitación  -Dijo la abuelita con cierta ilusión.
 -Mudarse trajo muchas cosas, entre ellas que desmontamos completamente la casa, dejamos solamente las paredes, las ventanas, los suelos; lo que ciertamente no nos podíamos llevar.
-¿Pero sabéis algo curioso? Aún después de haber desmontado toda la casa,  aun así no aparecieron más de siete u ocho calcetines, la mayoría eran los de mi padre. De los míos, solo dos  -Dijo la anciana sonriendo  -Ya podía descartar que estuvieran en casa, eso solo me llevaba a pensar que habían salido de casa, pero ¿como?  -Hizo una pequeña pausa mientras sonreía y deshacía un trocito del calcetín que había tejido, se había saltado un punto.
-¿Y como desaparecen los calcetines?  -Preguntó uno de los niños, que se estaba impacientando por llegar al final de la historia.
-Como me dijo mi padre una vez: es un mágico misterio -Dijo la anciana dándose importancia.
-Al mudarnos, mi padre me compró un gato, al cual llamé señor botas, ya que tenia todo el pelo negro, menos las patitas y la punta de la cola que eran grises  -Comentó la encantadora anciana, mientras se estiraba para acariciar a un gato que no hacia mucho había entrado para recostarse junto a la mecedora.
-Ya llevábamos viviendo en la casa nueva casi un año, y como ya era habitual yo ya había perdido unos cuantos calcetines más.
 -Y tenía cuatro o cinco en el cajón que esperaban encontrar su pareja. E incluso los calcetines del uniforme -Comentó la anciana  -Pero quien mandaba al colegio poner unos calcetines tan bonitos para el uniforme.









-Un día, en la noche, escuché al señor botas saltar por la habitación, bueno, era normal que se moviera e hiciera ruido por las noches, pero esta vez era mucho más de lo habitual; escuché que se caían cosas de mi escritorio, como el señor botas chocaba contra el armario, y escuché también un estruendo. Vale, esa noche el señor botas ya se estaba pasando, al paso que iba me destrozaría la habitación, y después mi madre solo me culparía a mi  -dijo acariciando el gato que ronroneaba en su regazo.
-Me incorporé y encendí las luces de la habitación, me acerque al señor botas con toda la intención de echarlo de la habitación. Pero me paré al ver que traía algo en la boca -Siguió la anciana  -Pero al ver lo que el señor botas había acorralado me paralicé, en principio pensé en una mariposa muy grande y que brillaba  -La anciana hizo una pausa y los miró  -Pero no, era una personita con alas de mariposa.








-¿Como la hadita de Peter Pan?  -Preguntó la niña rubia con mucha curiosidad.
-Sí, había encontrado a mi propia campanilla, o eso pensé en ese momento. Aparté al señor botas, porque empecé a creer que tenía toda la intención de comérsela, y no quería que mi gato se comiera a mi pequeña hadita. La tenia atrapada por los pies, suerte de eso.
-¡Oh! El señor botas, se quería comer al hadita.
-Bueno eso parecía, pero que podemos decir del pobre señor botas, el solo defendía su territorio de los intrusos      -Dijo la anciana acariciando al gato que seguía ronroneando sobre su falda  -Yo la tenia prisionera por la cinturita, sin apretarla, con mucha delicadeza y con trabajo pude persuadir al señor botas de que soltara los pies de la hadita.
 -Oh, ¿Y como era la piel de la hada?  -Le preguntó la niña rubia.
-La verdad era muy suave, como la vuestra y de color azulado, pero no un azul chillón, sino un  azul muy parecido al color de la piel. Era preciosa con su pelo blanco, con ciertos toques azules. Sus alas también estaban decoradas en esos colores.
-¿Qué hiciste con la pequeña hada, abuela?  -Preguntó uno de los niños de pelo negro revuelto.
-La verdad, en aquel momento no sabia que hacer con ella porque no quería hacerle daño, y era tan pequeña, además solo trataba de huir de mi, con sus manitas intentaba abrir las mías -Dijo la anciana, que recordaba nostálgica mirándose las manos.
-Intente razonar con ella, recuerdo que le dije: No quiero hacerte daño, y el señor botas tampoco te hará nada. Solo quiero conocerte, le dije. No quería que me tuviera miedo.
-¿Y te entendió? -Preguntó la niña de las coletas marrones.
-La verdad creo que no, pero por algún motivo dejó de moverse en mis manos  -Les dijo a los niños  -Mirando por la habitación vi algo curioso, un par de mis calcetines de esos bonitos, estaban juntos y tirados por el suelo. Estiré mi mano para recogerlos, y la hadita se empezó a mover inquieta y en su pequeña cara se instaló una mueca  -Dijo la anciana.
-Eso me hizo fijarme en su ropa, podía decir que su falda estaba hecha con un trozo de un calcetín: en sus pies llevaba lo que parecían los dedos de unos de esos calcetines con deditos, su capucha y la capa eran de un calcetín, al que habían abierto por un lado. La verdad iba preciosa.
-Oh, son hadas las que roban los calcetines  -Dijo la niña de las coletas.
-Sí, son las hadas de los calcetines, son las encargadas de conseguir los calcetines para poderse vestir, o eso creo yo -Les dijo la anciana con una sonrisa feliz.
-¿Y que pasó después con la hada?  –preguntó la niña rubia.
-Bien, con la pequeña hada aun en mis manos, me levanté y rebusqué en el armario en el cajón de los calcetines, y le di tres de los más bonitos. Le quería dar las parejas. Ella los miró, los inspeccionó y los desenroscó mientras andaba sobre la palma de mi mano. Al final los aceptó pero lo curioso fue que solo cogió uno de cada. El otro calcetín de cada par lo volvió a doblar.
-¿Se llevan solo uno para tener más variedad?  -Dijo la niña rubia mirando su vestido.
-Eso mismo le pregunté yo pero no obtuve respuesta así que supuse que así era. Es más bonito tener ropa diferente y telas diferentes con las que trabajar, ¿verdad?  -Dijo la anciana, que estaba por terminar de tejer el calcetín.
-Una vez se los había atado a su cintura   –Continuó la anciana  - la hadita se inclinó al estilo japonés y supuse que seria su forma de darme las  gracias. Después se echó a volar, con cierta dificultad al principio, pero poco a poco se dirigió hacia la ventana de mi habitación. Yo corrí hacia la ventana para poder abrirla, pero no sé como, ella la traspasó creando un dibujo de luz sobre el cristal de la ventana   -Les dijo la anciana. Que ahora alzaba el calcetín que parecía que estaba terminado.
-Me acerqué más a la ventana para ver como la luz minúscula azul que centelleaba se alejaba. Yo la despedía con lágrimas en los ojos, aunque sonreí contenta, había visto una hada de los calcetines. Pero no quería que se fuera. ¿Quien sabia si tendría la oportunidad de volver a verla? abrí la ventana y el viento me congeló, solo llevaba mi camisón blanco de lino. Me senté en el alféizar de la ventana y el señor botas saltó a mi lado, el  también parecía triste de haber perdido a su presa.
-¿La volvió a ver?  -Preguntó una de las niñas.
-¿Supo algo mas de las hadas?  -Preguntó el niño de pelo negro.
-¿Cazó a otras hadas?  -Preguntó otra de las niñas, la de las  coletas de pelo color chocolate. Todos los niños preguntaban curiosos sobre las hadas y sobre el hada que había encontrado la anciana.
-Oh, queridos, son muchas peguntas a la vez  -Les dijo la anciana, con una sonrisa afable  -No, no volví a ver a mi hadita, ni a ninguna otra. Pero de vez en cuando me desaparecían calcetines, y eso me recordaba a la pequeña hada. Ya no me molestaba que desaparecieran mis calcetines, porque ahora sabía a donde iban.
-Por eso siempre que perdáis un calcetín, pensar que es para unas haditas que los necesitan, con algo tienen que vestirse y abrigarse   –Dijo la anciana con una gran sonrisa y mirando a su calcetín, ya terminado.































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